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La última semana de agosto la consultora Gallup publicó una encuesta en la que destacaba un dato: los sindicatos en EE.UU. tienen una imagen positiva del 70%. Se trata del segundo número más elevado en seis décadas, solo superado por el 71% que alcanzaron en 2022 pero que se enmarca en un ascenso sostenido durante los últimos 15 años.
Luego de tocar un piso de 48 puntos en 2009, en el marco de la crisis financiera, la población estadounidense ha comenzado a ver cada vez con mejores ojos a las organizaciones de trabajadores. De hecho en lo que va de esta década, nunca han bajado del 65% de imagen favorable.
En el mismo estudio, se preguntó a las personas si creían que los sindicatos ayudaban o perjudicaban a los trabajadores sindicalizados. El 77% consideró que mejoraban las condiciones de quienes estaban afiliados.
¿Quiénes se sindicalizan?
A pesar de esta buena imagen pública, la afiliación sindical en EE.UU. se mantiene en mínimos históricos debido a distintas causas. De acuerdo a los últimos datos de la Oficina de Estadísticas Laborales, publicados en enero de 2024, apenas una de cada diez personas que trabajan pertenece a un sindicato. Esto equivale a 14,4 millones de personas.
Si bien la tasa de afiliación sindical de los trabajadores del sector público (32,5%) continúa siendo más más de cinco veces mayor que la tasa de los trabajadores del sector privado (6%), durante 2023 estos últimos sumaron 191.000 afiliados, mientras que en los distintos gobiernos federales, estatales y municipales se perdieron 52.000 puestos de trabajo sindicalizados. De hecho, en términos absolutos, 7 millones de empleados públicos pertenecen a sindicatos y 7,4 millones lo hacen en empresas privadas.
En relación al género, se observa una pequeña brecha: mientras que la tasa de afiliación de los varones es de un 10,5%, entre las mujeres es de un 9,5% (no hay datos sobre otras identidades sexo-genéricas).
A nivel etario, la diferencia es más marcada ya que el 12,6% de los trabajadores de 45 a 54 años integran organizaciones gremiales. Pero en el caso de los más jóvenes (16 a 24 años) la tasa de afiliación es de apenas un 4,4%.
Sin embargo, al igual que entre el sector privado y el público, la tendencia va en otro sentido. De acuerdo a un análisis del Economic Policy Institute (EPI), la sindicalización entre los trabajadores menores de 45 años creció en 229.000 en 2023, mientras que disminuyó en 38.000 entre los trabajadores de 45 años o más.
Esto ha sido apalancado por exitosas campañas de organización en empresas como Starbucks y Amazon, que emplean muchos trabajadores y trabajadoras jóvenes.
Es la lucha de clases
Tomando los datos oficiales, los trabajadores sindicalizados perciben -en promedio- ingresos un 14% superiores a quienes no cuentan con protección gremial. A esto hay que agregar otros derechos y beneficios que en EE.UU. no están garantizados por ley como seguro de salud, licencias laborales, vacaciones pagas, entre otros.
Las y los trabajadores son conscientes de esto, es por eso que de acuerdo a datos de CNBC, un 59% apoya la sindicalización de su lugar de trabajo. Pero entonces ¿por qué no se incrementa la tasa de afiliación?
El informe de EPI antes mencionado aporta algunas claves. “En esencia la disminución de la densidad sindical refleja un esfuerzo político intencional para suprimir el crecimiento de los salarios de los trabajadores y trasladar los ingresos a ganancias y salarios de los ejecutivos”, sostiene el documento.
El desamparo estatal se refleja en una regulación que no ha dejado de empeorar en el último medio siglo. “Excepto por una ampliación de la cobertura de la atención sanitaria en los años ‘70, todos los cambios legislativos a la Ley Nacional de Relaciones Laborales, que rige la legislación laboral del sector privado en Estados Unidos, desde su promulgación a mediados de los años 1930 han sido cambios que debilitan a los sindicatos”, apunta EPI.
Entre los aspectos que dificultan la organización sindical están, por ejemplo, que no existe la negociación colectiva por rama de actividad. Ni siquiera en una misma empresa. Las y los trabajadores deben votar en cada establecimiento de trabajo para decidir si crean o no un sindicato. Y aunque logren la mayoría, las compañías pueden presentar diferentes recursos administrativos y judiciales para demorar el proceso.
Asimismo, quienes quieran impulsar la organización gremial, tienen prohibido hacerlo dentro de las instalaciones. Como contracara, la legislación permite que la patronal abiertamente organice “reuniones informativas” con los trabajadores, en las que les puede “convencer” (o, en los hechos, presionar abiertamente) para qué no se afilien. Algunas firmas gastan millones de dólares al año en contratar consultoras especializadas en esta tarea.
Por poner un ejemplo, solo en el año 2022, Amazon ”invirtió” más de 14 millones de dólares en campañas antisindicales en sus depósitos estadounidenses con el objetivo de combatir el proceso iniciado por el Amazon Labor Union (ALU) que, en 2021, organizó con éxito un almacén en Staten Island, Nueva York.
Esta dinámica quedó muy bien reflejada en el documental ganador del Oscar, American Factory (2019) de Steven Bognar y Julia Reichert. Allí se reconstruye la historia de una ex planta de General Motors en Ohio, reabierta por un conglomerado chino. La nueva patronal hace uso de todas estas tácticas habilitadas por la ley para evitar a toda costa la sindicalización de sus empleados.
Por supuesto, no toda la responsabilidad recae en las patronales. Los sindicatos más tradicionales del país, la mayoría de ellos nucleados en la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, por sus siglas en inglés), adoptaron hace tiempo una posición de defensa corporativa de sus afiliados sin demostrar mayor interés por ampliar su base.
Cómo explicó Eric Blanc en un artículo de la revista New Labour Forum, “los sindicatos con frecuencia se niegan a prestar apoyo a los trabajadores que buscan ayuda para organizarse, en parte porque el enfoque de sindicalización predominante requiere mucho personal y es costoso”. Por eso, habitualmente, apuntan a lugares de trabajo “lo suficientemente grandes como para justificar el costo de obtener y mantener un contrato” (es decir, un convenio colectivo). Además se trata de empresas o regiones donde el sindicato “ya tiene una base institucional” y donde los trabajadores “ya han aceptado desde el principio sindicalizarse”.

Zurdos y progres
A pesar de este marco normativo extremadamente restrictivo y la pasividad de algunas organizaciones gremiales, el movimiento obrero estadounidense ha recuperado el protagonismo que supo tener en gran parte del siglo XX y eso le permitió ganarse el apoyo de la mayoría de la población.
Este resurgir del sindicalismo en la principal potencia del mundo se explica por un proceso en el que convergieron formas organizativas históricas -aunque relegadas por gran parte de los sindicatos-, con otras (no tan) nuevas dinámicas de lucha atravesadas por el género y la etnia (o “raza” como le dicen en la sociedad estructuralmente racista de EE.UU.). Todo esto en el marco de la pandemia que dejó al descubierto la enorme desprotección que tiene la clase obrera estadounidense.
Como señaló el historiador Jaime Caro en un artículo de la revista Nueva Sociedad, luego de la crisis financiera de 2008 “los trabajadores de los sectores más precarios, que se sentían abandonados a su suerte, comenzaron a conformar sindicatos locales junto a organizaciones radicales”. Entre estas se destacan, por ejemplo, la Industrial Workers of de World (IWW), organización de trabajadores internacionalista que adhiere al sindicalismo revolucionario; así como también los Socialistas Democráticos (DSA, por sus siglas en inglés) y el Partido Comunista de EE.UU. Pronto, explica Caro, estas experiencias “se convirtieron en un campo de pruebas organizativo en pos de la renovación de las tácticas sindicales”.
En paralelo se fue gestando otro movimiento de politización de la sociedad en su conjunto y de la juventud precarizada en particular nucleado bajo la consigna Black Lives Matter (“las vidas negras importan”). Surgido en 2013, fue ganando cada vez más reconocimiento al momento de denunciar el racismo institucionalizado que tenía su expresión más cruel en el asesinato de jóvenes negros a manos de la policía.
Fue también este movimiento el que dio origen al concepto “woke” o mejor dicho “stay woke”, cuya traducción es “permanece despierto” o “permanece atento” ante las injusticias. Bajo esta premisa se sumaron también reclamos del movimiento feminista, LGBTI+ y el ambientalismo, lo que fue configurando la llamada “izquierda woke”.
Solo era cuestión de tiempo, para que el escenario económico y social permitiera la confluencia y expansión de estos dos movimientos.

La pandemia y el ‘salting’
Así llegó la pandemia, en la que los sectores más precarizados (gastronomía, turismo y plataformas de reparto a domicilio, entre otros) fueron los primeros en sufrir las consecuencias del Covid 19. Ya sea mediante despidos masivos porque sus actividades se paralizaron o siendo declarados “trabajadores esenciales”, lo que los expuso al virus.
Arrojados a la desprotección total que ponía en riesgo su propia vida, sin asistencia social o económica de ningún tipo, comenzaron a gestar procesos de organización que renovaron por completo la cara del movimiento obrero.
Para evadir la normativa que impide a los sindicatos hacer campaña en el lugar de trabajo, activistas sindicales de izquierda implementaron la táctica del ‘salting’. Esta consiste en aplicar para un empleo con el objetivo deliberado de organizar gremialmente el lugar de trabajo.
Así, por ejemplo, se gestó la creación del Starbucks Workers United (SWU). Militantes de DSA solicitaron empleo en la tienda de Buffalo, Nueva York, y comenzaron a dialogar con sus compañeros y compañeras de trabajo. Según relataron posteriormente, identificaron tres preocupaciones sobre las que trabajar para ganar respaldo a la formación de un sindicato: el racismo, los derechos del colectivo LGBTI+ y, por supuesto, los bajos salarios.
Así, la primera tienda de la cadena de cafeterías que votó su sindicalización lo hizo a fines de 2021 y en la actualidad ya son casi 500 los locales con trabajadores y trabajadoras afiliadas.
Contradiciendo un sentido común conservador, las cuestiones sociales, políticas y los mal llamados “derechos de las minorías”, permitieron motorizar la solidaridad de clase. Quizás por eso no fue llamativo que en 2023, una de las campañas lanzadas por el SWU haya sido para denunciar la discrimnación de la empresa hacia las disidencias sexuales.
El otro caso icónico fue el de la conformación del Amazon Labor Union (ALU), el primer sindicato en la historia de la compañía de Jeff Bezos dentro de EE.UU. que se estableció en el depósito JFK8 de Nueva York. Allí fueron activistas del Partido Comunista los que colaboraron con el carismático líder sindical Chris Smalls.
Despedido al comienzo de la pandemia por exigir medidas de seguridad sanitaria, Smalls junto a otros activistas comenzó a ir a la parada de colectivo a la que llegaban sus compañeros. Les ofrecían café y comida para ponerse a conversar e ir convenciéndolos de la necesidad de organizarse.
Cuando finalmente lograron votar por la creación del sindicato se trató de un “verdadero shock, tanto para el movimiento obrero estadounidense como para la sociedad”, analiza Jaime Caro. Que esto fuera posible en el segundo empleador privado del país y “una compañía que es buque insignia del capitalismo estadounidense” provocó que trabajadores y trabajadoras en todo el país vieran como una posibilidad real sindicalizarse y lograr mejoras laborales.
El efecto contagio alcanzó sectores relativamente nuevos y ajenos a la organización gremial como las empresas de tecnología: Apple, Alphabet (matriz de Google), Activision-Blizzard y SEGA, entre otras.
Toda esta experiencia llevó a algunas de las organizadoras originales del SWU a crear la Inside Organizer School, una institución que se dedica a formar activistas sindicales. De hecho en la portada de su página web se puede leer la consigna: “Conseguí un trabajo y organizate”.
Entre sus principios constitutivos figuran el compromiso con la toma de decisiones local y autónoma por parte de los trabajadores de base; la oposición a la intolerancia, el racismo, la misoginia, la transfobia, la homofobia, la xenofobia y cualquier sistema que oprima a las personas; la creencia en la negociación colectiva para el empoderamiento sostenible de los trabajadores; y la convicción de que no hay lugares de trabajo inorganizables, sino lugares de trabajo que aún no están organizados.

El renacer de los históricos
Sin dudas, este “nuevo sindicalismo” conmovió también a las estructuras gremiales tradicionales que, en 2023, protagonizaron huelgas que no se veían desde hace décadas.
Quizás la que más llamó la atención a nivel global por la participación de reconocidas figuras de Hollywood fue la del sindicato de actores SAG-AFTRA, que se sumó al conflicto que ya habían iniciado los guionistas del Writers Guild of America (WGA). Por primera vez desde el año 1960, los dos principales sindicatos de cine y televisión fueron a la huelga de manera conjunta.
Su principal reclamo estuvo enfocado en adaptar el convenio colectivo a las nuevas plataformas de streaming y la implementación de la Inteligencia Artificial en la industria. Luego de cinco meses de paro de guionistas y cuatro de actores y actrices, el conflicto se resolvió favorablemente para los sindicatos que consiguieron mejoras sustanciales en todos los puntos.
La otra huelga memorable fue la que llevó adelante la United Auto Workers (UAW) contra las llamadas “tres grandes”: General Motors, Ford y Stellantis (dueña de Chrysler). El conflicto fue encabezado por un llamativo liderazgo, el de Shawn Fain, quién había accedido a la presidencia del sindicato a comienzos de 2023 desplazando a la conducción histórica.
La figura de Fain es también, en parte, producto de la renovación sindical provocada por la crisis financiera de comienzos de siglo. En 2007, cuando él era delegado de una planta de Chrysler en Indiana, la compañía sostuvo que, para evitar la quiebra, necesitaba profundas concesiones por parte del UAW. Esto incluía un salario inicial muy reducido y una estructura salarial de dos niveles en la que los futuros trabajadores permanecerían permanentemente por debajo de los de los trabajadores contratados antes de 2007.
La dirección nacional del sindicato pactó, pero Fain se opuso rotundamente marcando una ruptura inédita en ese contexto de crisis. Su figura se fue acrecentando con los años y cobró impulso definitivo luego de que la justicia condenara a ex dirigentes de la UAW por corrupción y malversación de fondos. En la elección de 2023, la primera con voto directo, se impuso como presidente y le dio un nuevo rostro al sindicato.
Durante la huelga contra las tres grandes, la UAW obtuvo un considerable apoyo popular y también político. Hasta el presidente Joe Biden se hizo presente en los piquetes. Pero sobre todo, obtuvo un importante triunfo y lanzó una propuesta inédita: que todos los sindicatos negocien sus contratos con fecha de vencimiento el 1° de mayo de 2028 para ese día organizar una huelga general nacional. Cabe recordar que, en EE.UU., el día internacional de los trabajadores no es feriado ni se conmemora nada. Se trata en ese sentido de una disputa por la recuperación de la memoria histórica de la clase trabajadora.
Además, el triunfo contra las grandes automotrices, le permitió a la UAW realizar una campaña de sindicalización masiva. Siguiendo el ejemplo de los jóvenes activistas no se enfocaron en una empresa o una planta determinada. El dirigente de la UAW, Chris Brooks, lo sintetizó: “No sabíamos -y no queríamos intentar predeterminar- cuál sería la zona caliente, así que hemos hecho lo posible para avivar las llamas en todas partes”.
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En julio de 2024, la Junta Nacional de Relaciones Laborales (organismo encargado de autorizar y evaluar los resultados de las votaciones sindicales), informó en un comunicado que ya había recibido más de 2.600 peticiones de elección sindical durante el año fiscal que finaliza el 30 de septiembre, superando así el total del año fiscal anterior completo.
Se trata de un aumento del 32% en el número de peticiones presentadas en comparación con 2023. Pero además, se observó un incremento de las votaciones favorables para crear organizaciones gremiales: 79% este año, frente al 76% el año pasado. Otro indicado que viene en ascenso ya que en años previos rondaba el 60%.
Por eso, aunque la tasa de sindicalización sea baja, el movimiento obrero estadounidense se encuentra en un camino ascendente que ojalá se sostenga. Su influencia social, además, puede ser un factor importante en las próximas elecciones presidenciales entre Kamala Harris y Donald Trump. El apoyo o no de los candidatos a estas nuevas dinámicas laborales, sin lugar a dudas va a tener impacto en los votantes.


