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Según el más reciente “Índice Rappi”, 151.874 repartidores realizaron al menos un pedido en el último año, mientras que un año antes la cifra era de 43.048. Ese aumento del 252 % representa un récord para la empresa, pero también pone en evidencia una tendencia preocupante: la expansión del empleo informal en el sector del delivery.
Al mismo tiempo que creció la cantidad de repartidores, el consumo por pedido cayó en términos reales: aunque el ticket promedio nominal subió 21 %, la inflación anual fue del 24,5 %, lo que en la práctica implica una menor capacidad adquisitiva. Este fenómeno revela un doble efecto de crisis: más trabajadores ingresan al sistema de reparto, pero con menores ingresos reales.
Para quienes denuncian la situación —incluidos sindicatos y organizaciones de repartidores—, el salto en la cantidad de trabajadores no equivale a una mejora de las condiciones laborales. Al contrario: se incrementa la competencia por pedidos, disminuyen las comisiones individuales, y muchos no cuentan con coberturas sociales, seguro ante accidentes, ni estabilidad económica.
El crecimiento del “delivery informal” se erige así como un reemplazo silencioso del empleo asalariado tradicional, en un contexto de crisis económica generalizada: muchos de quienes se volcaron a Rappi lo hicieron tras perder sus empleos formales o como complemento ante la caída del poder adquisitivo.

