29/10/2020

Opinión

Néstor Kirchner: recuperado desde calles y plazas

En este décimo aniversario del fallecimiento de Néstor Kirchner se hicieron, se dijeron y se escribieron sentidas rememoraciones. No es para menos: su ausencia pesa en la misma medida en que se agiganta, en las circunstancias actuales, su perfil indómito.

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Foto: 
CTA-T

Se ha dicho ya, pero conviene subrayarlo, que el Frente de Todos no es una reedición del kirchnerismo tal como lo conocimos durante el gobierno de Néstor y los posteriores de Cristina. Y ello no sólo porque la coyuntura histórica es diferente a escala continental y a escala global, sino porque el FdT es la expresión de un gobierno de coalición en el que el componente popular ingresa a ésta desde un plano defensivo originado en la derrota de 2015. 

Por cierto, la denodada resistencia a los cuatro años macristas, sin una conducción orgánica a la vista, recibió con sorpresa primero y perplejidad después la decisión de Cristina de proponer a Alberto para la presidencia. De allí que la victoria electoral del 27 de octubre de 2019 impusiera un momento de oxigenación del campo popular. Sin embargo, el estallido de la pandemia lo reinstaló dramáticamente en la defensiva y, en semejante contexto, las medidas adoptadas por el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner para paliar los efectos devastadores de la expansión del virus no impidieron que el otro componente de la coalición, o sea, los grandes grupos económicos locales con ramificaciones externas (la oligarquía diversificada, conforme los definiese Eduardo Basualdo), pugnara por imponer su hegemonía, por establecer la agenda, mientras disputa con la fracción que expresa al gran capital financiero en el bloque dominante (devaluadores vs. dolarizadores).

En su conjunto, las presiones de las diversas fracciones de la derecha se hicieron sentir con fuerza en este contexto, signado en los últimos diez meses por la aparición de la pandemia, la obligada desmovilización del campo popular en general y, de modo específico, por la de los sectores muy organizados del movimiento obrero. A tal punto llegaron que, con el fogoneo de la usina mediática que detentan, los logros relativos de la negociación de la deuda desaparecieron en medio de “banderazos” escuálidos, reclamos de mano dura contra mapuches y ocupas de cualquier signo, la corrida alcista del dólar ilegal, retención de liquidación de exportaciones y denuncias de un supuesto “doble comando” entre Alberto y Cristina (la “autoritaria y corrupta”).

A su vez, la disparada de precios de la canasta familiar, el aumento de la desocupación, el cierre de más de 25000 fuentes de trabajo y la necesaria aunque insuficiente aplicación del aislamiento social preventivo (con el consiguiente aumento de contagios y fallecimientos y la agudización de tensiones familiares, sociales y culturales), forjaron un clima general de desazón que no pareció neutralizarse con medidas de salvataje económico como el IFE y las ATP.

Para colmo, propuestas progresivas como el impuesto a las grandes fortunas, tanto a personas físicas como a empresas (iniciativa original de la CTA) fueron aligeradas de contenido y, aun así, no tuvieron hasta ahora tratamiento parlamentario. El proyecto de reducción de la jornada laboral, también impulsado desde la CTA y tendiente a repartir el trabajo existente y achicar el desempleo, pareciera destinado a correr idéntica suerte. A su turno, el magro incremento del salario mínimo vital y móvil y la paritaria a la baja de los estatales renuevan la percepción de que, al final, los platos rotos se pagan en un único lado del mostrador.

Podrían incluirse en esta sucinta enumeración las marchas y contramarchas con respecto a Vicentin y con respecto a la situación en Venezuela, como así también no se podría dejar de mencionar el papel de avanzada que jugó el gobierno en relación a la condena al golpe de Estado en Bolivia, el asilo a Evo y a sus colaboradoras y colaboradores, al igual que con el caso de los asilados ecuatorianos.

Es decir, el gobierno nacional, en tanto que reflejo y consecuencia de una alianza electoral, de una coalición de intereses diversos y contradictorios, luego de derrotar al macrismo en las urnas tuvo que lidiar con una crisis inédita, la provocada por la pandemia mundial y, al mismo tiempo, afrontar las presiones de todo el bloque dominante, particularmente de la fracción correspondiente a los grandes grupos económicos locales que, a la sazón, pugnan por dirigir a la coalición gubernamental a través de algunos de sus representantes tanto en el poder ejecutivo como en el legislativo.

Este cuadro de situación, sin embargo, ha venido a alterarse, a nivel nacional, a partir del 17 de octubre y, en el plano regional, con el triunfo estrepitoso de Lucho Arce en Bolivia y la victoria clamorosa del pueblo chileno en el plebiscito por la nueva Constitución.

¿Cuál es el rasgo común que presentan estos cambios? Sin lugar a dudas es la irrupción del campo popular en la escena que, hasta ahora, sólo era iluminada por las luces del palacio. El 17 de octubre pasado, en conmemoración de los 75 años del histórico Día de la Lealtad, aquel en el que la clase trabajadora y numerosos sectores populares ganaran las calles para liberar al coronel Juan Domingo Perón, fue una bisagra. De repente, sin una conducción que pudiera articular a todas las fracciones del campo popular, miles de mujeres y hombres se manifestaron en los espacios públicos. Lo hicieron con cuidado, en caravanas de vehículos, protegiéndose de la posible diseminación de los contagios virales, pero también con la determinación que surgía del hartazgo de ver copadas las plazas y calles por las provocaciones de la derecha reaccionaria.

Y ahora, al cumplirse un año de la derrota electoral del macrismo, pero sobre todo una década desde el fallecimiento de Néstor Kirchner, esa irrupción vino a ratificar que, a pesar de la defensiva, de la fragmentación, de la ausencia de una dirección orgánica, actuante y presente en todas y cada una de las expresiones populares, el pueblo y sus fracciones más dinámicas -representadas en la nueva camada de militantes y dirigentes obreros nacidos con el kirchnerismo- están de pie y no se resignan.

Este 27 de octubre, cada garganta, cada bandera al aire, subrayó la voluntad de no olvidar a quien, con coraje y sencillez, alejado de las pompas y las mieles del palacio, enfrentó a los poderes más oscuros de la Argentina y en la cara supo decirles, como aquel 24 de marzo de 2004, que no les tenía miedo.

Ese ejemplo seguiremos. Nosotras y nosotros, quienes vivimos de nuestro trabajo y no del trabajo ajeno, volvimos a juramentarnos en calles y plazas: no permitiremos que los dueños del gran capital financiero y de los grandes grupos económicos locales y ramificados en el exterior, cerquen al gobierno nacional y lo obliguen a retroceder. Tampoco abandonaremos alegremente nuestras reivindicaciones. Queremos vivir con dignidad antes que sobrevivir, anhelamos tener un techo, empleo, salud, educación y jubilaciones que honren las vidas dedicadas al trabajo y salarios que no subsidien los designios del capital.

Esta determinación es la que deberá llevarnos a construir nuestro propio protagonismo y a elevar nuestra propia voz dentro de la coalición de gobierno. La constitución de una verdadera fuerza social orgánica sólo podrá surgir de la alianza práctica e inequívoca de los sectores más dinámicos de la clase trabajadora y de los movimientos sociales, con otras fracciones de clase que se expresan en las asociaciones de pequeños y medianos empresarios de la ciudad y el campo, con el movimiento de las mujeres, con los pueblos originarios, con el cooperativismo, con artistas, científicas y científicos y, en fin, con quien sienta que la dignidad de su condición humana es incompatible con la resignación ante la crisis civilizatoria impuesta por el gran capital. A su vez, la materialización de dicha alianza práctica sólo puede concretarse mediante un ejercicio extremo de la razón ciudadana, aquella que corra los alambrados de púas que el capital financiero le ha puesto a la democracia y, consecuentemente, instale en la agenda de la sociedad y del Estado las premisas del bien común y del interés público. Esto supondrá una otra concepción de la  política, de los modos de la representación y, por ende, del poder popular, que se plantee como antípoda de aquella otra concepción, hoy dominante, que acaba fascinada por la superestructura y por la profesionalización de los representantes en detrimento de los representados.

No hemos perdido nuestras raíces históricas para acometer semejante tarea. Por eso, a 75 años del 17 de Octubre y a diez años de la muerte de Néstor, su ejemplo flamea sobre las nuevas generaciones de militantes obreros y populares y, como supo decir Evita, será “llevado como bandera a la victoria” desde las calles y desde las plazas.-

Cafecito